
Miro el letrero de la calle comedias, la casa que le dio nombre ya ha desaparecido y ni siquiera la calle aparece con esa denominación en el callejero (ahora es Velázquez Bosco).

Pero la ciudad escrita sigue en la ciudad de papel. La Córdoba escrita de Ibn Hazm, Cervantes, Góngora, Baroja, Lorca, Gala, García Baena o Muñoz Molina.
Esa ciudad escrita se recuerda a sí misma en orgullosos azulejos, mármoles, bronces y granitos.

Pero la ciudad no aguarda sólo a los escritores que la retratan, también escribe ella misma sus virtudes y contornos sobre la tierra, unas veces medidos y cuidados; a veces, alevosos y groseros.
¿Qué?

¿No eres capaz de leer lo que la ciudad escribe sobre el cielo en blanco? Quien sabe hacerlo, entiende lo que la ciudad le cuenta.

Difícil no leer una ciudad escritora que se excede en su escritura convertida finalmente en borrón y garabato.

Cuando ceden los pilares y paredes, desaparecen sus letras y el espíritu de escritora que la alentó, y en su lugar se escriben otras letras rutilantes y exageradas tras las cuales, sin embargo, no pierden sus trazos aquellas letras antiguas, aquellos recuerdos escritos sobre el palimpsesto urbano.