- No, no, mi niño no.
- Qué va, aquí no pasan esas cosas.
- Nada, no, nuestros alumnos no son así.
- Aquí no hay casos de esos.
- No será para tanto.
Y así se suceden las negaciones por hipermetropía, las negaciones que impiden ver la realidad a distancias cortas. Eso parece que fue lo que ocurrió en la matanza de Virginia Tech y es probablemente un comportamiento muy habitual entre educadores, padres y madres, incluso políticos y directivos.
El problema tiene su origen en el rechazo de las malas noticias propias. Es sabido que en el mundo de la empresa y la política uno de los papeles que nadie quiere cumplir es el de comunicar malas noticias sobre la marcha de la sociedad empresarial o el partido político. El comunicador teme ser asesinado como mensajero. Podría decirse que con la muerte del mensajero no se soluciona el problema, pero en la mente del receptor sí ocurre así: la persona que recibe las malas noticias propias se siente responsable de esas noticas, siente que la hacen responsable de esas noticias, que forma parte de ellas y por tanto, se siente vejada, humillada y también partícipe de la mala noticia. Matar al mensajero no sólo ataca al causante extraño -supuesto- de la mala noticia, sino que limpia la culpabilidad que percibe que le achacan.
El receptor puede pasar al punto contrario: el alarmismo. En este extremo, la persona se convierte en enemigo público de la mala noticia y exagera su lucha para dejar clara su pública distancia con cualquier responsabilidad. Ni que decir tiene: el mensajero puede ser asesinado igualmente.
Lo que llama la atención es que en ambos casos no se llega a afrontar la mala noticia con serenidad y firmeza, probablemente las dos claves para solucionar el problema.
En una ocasión, leí en la redacción de un alumno de secundaria que su sueño era matar a sus padres. El párrafo me alarmó muchísimo. Supe después que en clase de Moral había comentado su deseo de matar a alguien. Aunque me sentía inseguro sobre qué actitud tomar, entendí que debía comunicarlo a los padres, aunque antes lo comenté con el propio alumno para poder tener una explicación personal de su escrito. No cité a los padres a una entrevista formal, sino que aprovechando la amistad de una compañera con la madre, le expliqué el caso, le entregué copia de la redacción y le pedí que lo comentara personalmente con ella. El padre vino posteriormente a verme y me dio la impresión de que no sólo le quitaba importancia al asunto, sino que se sentía algo molesto por el hecho de que yo hubiera propuesto el problema. Ilógicamente, podría pensar que yo cuestionaba su educación como padre.
En la negación por hipermetropía se produce también un fenómeno curioso y es que la persona se siente protegida respecto a las malas noticias ajenas, propias de los demás, y así pensamos: ¿cómo estarían esos padres para...? ¿cómo estarían esos empresarios para...? ¿cómo estarían esos profesores para...? Creyendo que lo que les ocurre a los demás, jamás nos ocurrirá a nosotros.
En una ocasión, recibí una carta con el teléfono del Defensor del Menor y pedí que se comunicara y expusiera en todas las aulas. El primer comentario que oí fue: aquí no hay problemas de ese tipo. Vale, efectivamente es la percepción que todos tenemos, pero también es cierto que muchos de estos problemas que se niegan se desenvuelven en el más absoluto silencio. ¡Qué desamparo debe sentir una víctima a quien se le niega la agresión!
Pensando que con estos problemas se afecta la imagen de las personas o de las instituciones, dejamos a veces el problema oculto y sin resolver. Y ocurre en todos lados. Cualquier centro educativo, por muy elevada que sea la extracción social de sus estudiantes, tiene cientos de personas entre las que pueden esconderse casos de acoso o violencia real o potencial. Algunos compañeros que trabajan en centros privados, por ejemplo, en los que no sólo tienen estudiantes, sino clientes, me han comentado casos y a renglón seguido me han pedido que no comente nada. En centros públicos, donde además de estudiantes tienen votantes, no es de extrañar que también se oculten ciertas malas noticias. Naturalmente, no estoy proponiendo que estos casos se solucionen haciéndolos públicos, estoy recordando que se dan en todos lados, no sólo en aquellos en los que suponemos que por la baja extracción social del alumnado va a darse un coto exclusivo.
La serenidad (tranquilidad, discreción, reflexión...) y la firmeza (sin pausa, con tenacidad y decisión...) son las dos virtudes que podrían guiarnos en un adecuado análisis de las malas noticias en distancias cortas.
Los años han pasado, el alumno -un magnífico alumno- ha seguido unido a su familia y no han tenido más conflictos de los que puede vivir una persona normal. Por supuesto, el cartel y la exposición sobre el teléfono del menor se hizo en todas las aulas porque tampoco cuesta tanto trabajo. Nadie ha muerto, nadie ha usado el teléfono, nadie, y a lo mejor estas negaciones podemos hacerlas ahora porque no hicimos antes las otras.