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domingo, 2 de noviembre de 2008

La cara de la muerte

La muerte no tiene ninguna gracia.


Fotografías del horror de Joshua Hoffine.


Aunque venga a visitarnos con sus mejores galas.




Dibujos de Toon Hertz, vía Recogedor.


Su siniestra cara nos mira a veces con ternura infantil.




Fotografías antes y después de morir vía Digizen.


Otras veces nos devuelve la imagen de nuestro propio rostro. ¿Es la muerte o soy yo?





Vemos la muerte en todos lados. La amada, sensual muerte.



Y no te pierdas:

Lee o muere.
Especial día de los difuntos.
Los libros de la muerte.
Libros para sentir la muerte.
Brujas, brujas, brujas.
Vampiros, vampiros, vampiros.

miércoles, 10 de octubre de 2007

La caja acorazada de las letras

El Instituto Cervantes posee en su sede central de Madrid la Caja (fuerte) de las Letras, una caja de seguridad donde se están guardando desde febrero de este año legados de artistas españoles para ser custodiados en secreto hasta ser mostrados en un periodo posterior a la muerte del autor.
Comenzó Ayala, el mismo día que cumplía 100 años. También lo hizo Gamoneda. Y ayer le tocó el turno a Tàpies, aunque no pudo asistir por problemas de salud y fue su hijo quien actuó en nombre suyo.
Más allá de convertirse en un simple gesto de reciclado (la sede del actual Instituto Cervantes era antes la sede del Banco Central y posee una caja acorazada que se ha conservado y a la que había que dar alguna utilidad), la Caja de las Letras constituye un auténtico club de los poetas muertos (aunque no todos sean poetas) en el que el más allá de la fama de Jorge Manrique se convierte en materia de un capitalismo neorromántico. Quien hubiera disfrutado más que nadie con una suerte tal, hubiera sido Unamuno, que ya sin caja ni necesidad alguna, dejó en su obra múltiples referencias a su propia muerte y a cómo podríamos oirlo cuando él no se oyera:

Si, lector solitario, que así atiendes
la voz de un muerto,
tuyas serán estas palabras mías
que sonarán acaso
desde otra boca
sobre mi polvo
sin que las oiga yo que soy su fuente.

jueves, 30 de agosto de 2007

Los libros de la muerte



La de Antonio Puerta, la de Francisco Umbral, el informe de la matanza de Virginia Tech, nos recuerdan un tema que evitamos continuamente, el tabú absoluto.


Sí, ya sabéis. Me refiero a...


Desde hace un tiempo los mayores se afanan en excluir a niños y jóvenes del conocimiento de la muerte. Ellos dicen que es para protegerlos, pero resulta paradójico que no los protejan igualmente de las numerosas muertes que ven en la televisión, el cine, los videojuegos... Y no sólo ven... a veces, ellos mismos las causan por diversión aunque sea ficticia. Ven, escuchan y experimentan muertes que no les importan, de actores, de muñecos, de dibujos. Y cuando muere un ser cercano, querido, se les aisla, se les excluye de toda contemplación, toda experiencia, toda emoción. No sabemos qué decirles, qué expresarles, qué hacer.


Para hablar de algo es necesario conocerlo, y la mejor manera de conocer la muerte es leyéndola. Si la muerte supiera escribir, tal vez hubiera escrito estos dos libros.
Un buen comienzo para una biblioteca de muerte.
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