miércoles, 24 de agosto de 2011

Antígona reclásica en el 57 Festival de Mérida

El verano también da para cultura y los festivales sean de flamenco, de rock o de teatro clásico terminan siendo imprescindibles, como este maravilloso de Mérida que con sólo su entorno tiene suficiente para atraer turistas aficionados o despistados y más si se representa la eterna Antígona.
Vaya por delante que la impresión es que los clásicos han acabado siendo presentados en montajes también clásicos de estos y otros festivales. Los resortes, tendencias y efectos se repiten insaciablemente y creo que ya podríamos hablar de un nuevo género: el montaje de teatro clásico grecolatino de festival. El vestuario no puede huir de los obligatorios degradados, los vestidos de trama, los anacronismos efectistas -incluidas chaquetas y uniformes de soldados de la primera mitad del siglo XX-, las levitas; mucho puño cerrado y gestos de estreñimiento, inclinación del tronco y brazos en el abdomen, miradas por encima del hombro, gritos y carreras. Tal vez, habría que decir como del fútbol: el teatro es así. ¿De qué otra forma podría ser? Lástima que el añadido original consista en cebollazos de surround que subrayan la tragedia por si alguien del público no se dio cuenta. Esto del surround pone un poco enfermo. No sé si deberíamos atribuirlo al cine americano, al anime oriental o a las telenovelas suramericanas, pero este subrayado sobreenfático pone de los nervios, aderazado para colmo con latidos del corazón, el sumun del aprendiz poco imaginativo de efectos especiales. El cine  español también empieza a copiar esta moda del surround, como pudimos oir en la banda sonora de Entre lobos, una película echada a perder a base de los sempiternos cebollazos. Parece como si la única forma de hacer partícipe al espectador de la tragedia, fuera darle todas las hostias posibles que ahora comienzan siendo en el oido y que pronto presumo, serán en toda la cara.

La Antígona que vimos fue, pues, correcta en general si tenemos en cuenta que obedecía a los lugares comunes de la tragedia de festival. Tal vez quedaba fuera de lugar un coro masculino cuya primera parte parecía una actuación de Village People. La iluminación al menos fue correcta y muy efectiva y el coro femenino dio el contrapunto de momentos hermosos tal vez poco originales en los anuncios de gel y champú, pero muy llamativos en una tragedia griega con piscina (que estaba situada en la orchestra). Las interpretaciones cada una de su padre y de su madre como si hubieran sido guiadas por directores distintos, con momentos estelares como la aparición de Blanca Portillo (Tiresias). La música incidental acorde con el género con su toque étnico y sus solos de vocalista -literalmente en todos los sentidos-.
Así que, en resumen, asistimos a una representación aceptable y trabajada de Antígona, una re-presentación de lo que se ha presentado ya en los festivales clásicos una y otra vez, con algunos aciertos, momentos brillantes, pero poco que aportar a la novedad, al género o a la renovación de la puesta en escena de estas obras universales que últimamente se representan siempre igual. Al menos hay que agradecer que el texto fue completa y absolutamente comprensible, lo que avisa también a esos otros que sí realizan montajes muy originales pero que no hay quien los entienda, salvo por el hecho de que ya se conoce la historia. Curioso que incluso en dos ocasiones, levantara la interpretación sonrisas en el público, lo que en contra de lo que pudiera parecer en una tragedia, no juzgo un desacierto en absoluto. No obstante apreciando su sencillez, no me pareció que la adaptación fuera especialmente hermosa, más aún con expresiones que me resultaron traducciones literales poco naturales.
Por supuesto que agradecemos a todos -dirección y actores- haber pasado una noche agradable recordando los hilos que tejen el poder y la muerte en una representación que nos matuvo atentos.
Terminamos tomando unos mojitos echados en las camas de la terraza situada justo detrás del teatro romano en el recinto arqueológico contemplando sus ruinas iluminadas. ¿Qué más se puede pedir?
Tal vez, que liberen a los azafatos del lamentable uniforme que les hacían llevar este año.

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