miércoles, 18 de noviembre de 2009

San Jerónimo: la segunda frontera



Decía Antonio Gala que las Ermitas de Córdoba representaban la frontera de su infancia y efectivamente su torre vigia era como un espejo que vigilaba y a la vez devolvía a Córdoba su mirada de panorámica. En esa frontera, a su lado, siempre aparecía San Jerónimo, el inmenso edificio adivinado desde la lejanía y frontera inexpugnable. Todos íbamos más tarde o más temprano hasta las ermitas por la inacabable cuesta del reventón, pero a San Jerónimo nunca llegábamos: un monasterio misterioso de una marquesa desconocida. Recuerdo que un amigo era sobrino de los guardeses y siempre me prometió visitarlo aunque nunca lo logramos.
Hoy he vuelto al lugar donde nunca estuve: la segunda frontera de Córdoba.
Llegamos al centro de visitantes de Medina Azahara, donde Pepe Moraga ha quedado con un enlace. Prepara un curso próximo y de paso me sorprende la elegancia de las instalaciones.
El administrador de la finca viene al encuentro disculpándose por no poder completar la visita: un programa de recuperación del lince ibérico en el que anda metido le impedirá seguir con nosotros. Nos acompaña en los coches por el carril de acceso y con su vehemencia sentida nos adentra en la historia del convento. Sorprende el origen eremita que yo esperaba. Lo esperaba porque la sierra de Córdoba estuvo plagada de ermitaños; lo que no esperaba es darme cuenta de que estos fueran los parientes ricos, los que de una raíz seca de ermitaños supieron construir un monasterio con tierras de prosperidad, junto a los eriales aledaños.
Es cierto que miras y reconoces la exuberancia que rodea al monasterio, su forma de olla bordeada de cráter volcánico y su verdor poco común desparramado falda abajo. El administrador se remonta al cámbrico para explicar el portento de la zona: su forma, su piedra y su tierra. En las últimas fotos del álbum, veréis el derroche de la clorofila, y en todos lados, siempre asomando o en cascada o fuego de artificio, el verde y las hojas. La lluvia que recoge la sierra a su paso por Córdoba parece concentrarse aquí. Hasta su fachada principal recuerda al agua evocando la forma de un acueducto que une ambos extremos.
La entrada a un lado nos lleva a un patio que parece de armas con altos muros y adelantado por una peña coronada con cruz de hierro. La azarosa roca soporta el hierro clavado con cierta humildad frente a la soberbia fachada de la iglesia. La torre evidencia el parecido con la parroquia de San Andrés y el recogimiento de las cuatro paredes, resulta un humilde remedo tal vez anticipado de la Cartuja de Jerez.
La iglesia, como la capilla de San Salvador de Úbeda, nos hace entrar por una bóveda baja delante de la cual se abre una nave y un ábside tan alto como el cielo, sin tejado, con el resumen de los cambios históricos y el recuerdo melancólico de las bellas ruinas.
Extraña ver más gótico que en la misma Córdoba, un claustro más del norte que del sur, unos frescos que guardan aún demasiada frescura para estar a la intemperie.
Al lado, el doble de la edificación se hace cortijo, pierde su gloria religiosa y se vuelve humanamente civil. Entramos en las estancias privadas en las que se mezcla una imitación de abadía falsa, con pendones y cerámicas modernas bien cuidadas, con restos del vetusto monasterio en que los marqueses tienen su casa: un auténtico Zuloaga retrata la belleza de la familia, lo mismo que lo hace con otra aristocracia, igual que el Zuloaga de la exposición del patrimonio de la duquesa de Alba actualmente en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
En el refectorio y en otras estancias en las que no se nos permite fotografiar, se encuentra la diferencia española entre salita para la familia y salón para las visitas elevada a la potencia histórica. Las vistas desde la balconada son como los de una cávea privilegiada sobre la ciudad. No soy parte de ti, soy superior, en esta imagen altiva de los ermitaños cordobeses que preferían la mirada soberbia sobre la ciudad a la escondida tras las montañas o la más humilde del valle.
La casa del guarda linda con la vida en todos sus flancos: mesas de Águila Amstel, alberca rebosante, verde que impide el paso, cal humilde y emparrado. Una sensación de verdadero paraíso, de verdadero Valparaíso.
Recorremos de vuelta la línea de la fachada principal que no mira hacia la entrada del camino, porque la perspectiva frontal sólo se tiene desde abajo, desde el llano de Medina Azahara. Discuten sobre los enfados de la Marquesa del Mérito: que si no la invitaron a la inauguración que hizo la reina del cercano centro de visitantes, que si ella no se opone a las visitas, que si nadie reconoce el esfuerzo de su mecenazgo... Yo me vuelvo asombrado de la singularidad de este puesto privilegiado que mira impasible y desde muy lejos al río.

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